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Ricardo Piglia escribio diarios desde 1957; muchos años después quiso que esos textos fueran públicos, pues todo se escribe en definitiva para ser leído, y una vez que abrió esos cajones acudió a la galería de Jorge Mara en Buenos Aires y le dijo a Mara su idea: que pintara, a partir de los diarios, Eduardo Stupía. No quería que ilustrara los textos, no: quería que los prolongara.

Ellos dicen que, en efecto, cada uno fue por su lado; Piglia ya había ido, por decirlo así, pues sus diarios van con él desde que era un chiquillo, pero Stupía recibió un reto que, dice él, “me sorprendió y me obligó”. Lo obligó a aceptar la limitación de toda consigna, “y no hay nada mejor que una consigna de este tipo”. La escritura de Piglia, directa o metafórica, simbólica o sentimental, ejerce sobre el artista, según el propio Stupía, “una saludable contaminación. Se limita lo que llamamos la libertad del arte; pero la libertad del arte no existe”.

Aunque cada uno ha ido por su lado, el espectador ve lo que quiere, de modo que resulta imposible no buscar la prolongación pictórica de Stupía en textos tan hondos como aquel en el que Piglia (que recoge en Fragmentos de un diario lo que escribió en sus últimos años de profesor en Princeton) describe los últimos momentos de su madre. 

Lees, por ejemplo, “El pueblo parecía deshabitado y yo me internaba en los barros oscuros, como un espectro”, y encuentras en Stupía un correlato de lo que escribió Piglia. Hay que mirar, eso sí, como hacía el famoso ciego de Maipú: poniéndote muy cerca de los minuciosos cuadros, para descubrir postales antiguas, cifras, mapas, cascadas, taludes, juegos o imágenes de Buenos Aires. Ves, por tanto, lo que el escritor dice (“…una niebla en el aire”, “la ciudad del amanecer”), y es cierto, como decía el director del Círculo de Bellas Artes, Juan Barja, que es poeta y filósofo, que lo que presentan estos dos argentinos “es una relación de tejidos entre imágenes y palabras”.

Por caminos distintos, Stupía y Piglia han producido una lectura común que es, también, el resultado de una armonía que desde hace rato tiene nombre propio: la amistad.

Fragmentos De Un Diario | Ricardo Piglia | Circulo De Bellas Artes
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Ricardo Piglia escribio diarios desde 1957; muchos años después quiso que esos textos fueran públicos, pues todo se escribe en definitiva para ser leído, y una vez que abrió esos cajones acudió a la galería de Jorge Mara en Buenos Aires y le dijo a Mara su idea: que pintara, a partir de los diarios, Eduardo Stupía. No quería que ilustrara los textos, no: quería que los prolongara.

Ellos dicen que, en efecto, cada uno fue por su lado; Piglia ya había ido, por decirlo así, pues sus diarios van con él desde que era un chiquillo, pero Stupía recibió un reto que, dice él, “me sorprendió y me obligó”. Lo obligó a aceptar la limitación de toda consigna, “y no hay nada mejor que una consigna de este tipo”. La escritura de Piglia, directa o metafórica, simbólica o sentimental, ejerce sobre el artista, según el propio Stupía, “una saludable contaminación. Se limita lo que llamamos la libertad del arte; pero la libertad del arte no existe”.

Aunque cada uno ha ido por su lado, el espectador ve lo que quiere, de modo que resulta imposible no buscar la prolongación pictórica de Stupía en textos tan hondos como aquel en el que Piglia (que recoge en Fragmentos de un diario lo que escribió en sus últimos años de profesor en Princeton) describe los últimos momentos de su madre. 

Lees, por ejemplo, “El pueblo parecía deshabitado y yo me internaba en los barros oscuros, como un espectro”, y encuentras en Stupía un correlato de lo que escribió Piglia. Hay que mirar, eso sí, como hacía el famoso ciego de Maipú: poniéndote muy cerca de los minuciosos cuadros, para descubrir postales antiguas, cifras, mapas, cascadas, taludes, juegos o imágenes de Buenos Aires. Ves, por tanto, lo que el escritor dice (“…una niebla en el aire”, “la ciudad del amanecer”), y es cierto, como decía el director del Círculo de Bellas Artes, Juan Barja, que es poeta y filósofo, que lo que presentan estos dos argentinos “es una relación de tejidos entre imágenes y palabras”.

Por caminos distintos, Stupía y Piglia han producido una lectura común que es, también, el resultado de una armonía que desde hace rato tiene nombre propio: la amistad.