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Francisco va a la escuela, pero su padre –un ladronzuelo violento y perdedor– espera que se gane la vida tomando un atajo. El hombre es alcohólico y posee la terrible capacidad de transformar todos los momentos en una pesadilla, a gritos, maltratos y golpes. La madre, ya sin fuerzas, culpa a cualquiera, menos al padre. A veces el niño no se entiende con su hermano Damasco, pero lo ama y cree que la depresión en la que este ha caído se debe a los fantasmas que habitan la casa donde se han mudado. Francisco, en cambio, pronto se acostumbra a estas presencias desconocidas. Pero esta no es una historia de fantasmas. Aunque Francisco, el protagonista, se desdobla por momentos en el adulto que más tarde ha de ser, es su mirada de niño marginal de carne y hueso la que lleva la narración, otorgándole a esta una fuerza desconcertante y desgarradora. Esta fuerza, que subvierte el discurso dominante del mundo adulto sobre la sociedad y la pobreza, proviene de la irreductible vocación de los niños y las niñas por decir la verdad, o tal vez del hecho de habitar el único infierno verdadero: el que los países escupen sobre el margen de sus propias ciudades, donde se aprenden la desesperanza, el horror, el desprecio, la abyección, y donde la locura se levanta como paradójica y única posibilidad para los sueños y la redención. La escritura iconoclasta de González Suárez está poblada de intención, ironía y poesía, pero todo ello parece ponerlo al servicio de una sola declaración, la de la infancia: existen los espectros y los apocalipsis, el infierno y los fantasmas, pero no los héroes redentores, porque no somos hijos de nadie

De la Infancia | Mario Gonzalez Suarez | LOM
$660,00
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Francisco va a la escuela, pero su padre –un ladronzuelo violento y perdedor– espera que se gane la vida tomando un atajo. El hombre es alcohólico y posee la terrible capacidad de transformar todos los momentos en una pesadilla, a gritos, maltratos y golpes. La madre, ya sin fuerzas, culpa a cualquiera, menos al padre. A veces el niño no se entiende con su hermano Damasco, pero lo ama y cree que la depresión en la que este ha caído se debe a los fantasmas que habitan la casa donde se han mudado. Francisco, en cambio, pronto se acostumbra a estas presencias desconocidas. Pero esta no es una historia de fantasmas. Aunque Francisco, el protagonista, se desdobla por momentos en el adulto que más tarde ha de ser, es su mirada de niño marginal de carne y hueso la que lleva la narración, otorgándole a esta una fuerza desconcertante y desgarradora. Esta fuerza, que subvierte el discurso dominante del mundo adulto sobre la sociedad y la pobreza, proviene de la irreductible vocación de los niños y las niñas por decir la verdad, o tal vez del hecho de habitar el único infierno verdadero: el que los países escupen sobre el margen de sus propias ciudades, donde se aprenden la desesperanza, el horror, el desprecio, la abyección, y donde la locura se levanta como paradójica y única posibilidad para los sueños y la redención. La escritura iconoclasta de González Suárez está poblada de intención, ironía y poesía, pero todo ello parece ponerlo al servicio de una sola declaración, la de la infancia: existen los espectros y los apocalipsis, el infierno y los fantasmas, pero no los héroes redentores, porque no somos hijos de nadie